SINOPSIS:
Esta es la historia de Abel, un hombre respetable, con una vida respetable y un pasado respetable. O eso cree. Alguien con una vida acomodada, que siempre ha seguido el camino marcado en su familia.
Y es también la historia de su particular viaje al corazón de las tinieblas, solo que aquí las tinieblas no están en la selva, sino en ese Abajo, ese sótano poco ventilado que acecha
en cada uno de nosotros oculto en esa delgada capa que llamamos civilización. Donde ocultamos todas esas pulsiones violentas, salvajes, que amenazan con desbordarse cada vez que la vida o las circunstancias nos acercan al límite.
Antonio Marín ha escrito con Abajo una novela negra muy negra. Y rápida. Un zarpazo perturbador, que por un instante logra levantar el velo bajo el que se ocultan todos los secretos, las mentiras, los deseos y las envidias, las violencias que pueblan las profundidades del alma humana.



FRAGMENTO, CAPÍTULO 1
Intenta asomarse por la rejilla de la puerta, pero es de esas de ventilación que solo permiten mirar hacia arriba y lo único que puede ver es un cable pelado con una bombilla que cuelga del techo. Su padre debió dejársela encendida la última vez que estuvo aquí, y solo se limitó a apagar los plomos.
Su padre. Le resulta extraño pensar en su padre en esta casa, con estos muebles. Su padre calzándose esas botas que hay en la estantería del garaje. Trabajando en el campo. Pero, claro, ¿quién era realmente su padre?, ¿el hombre serio que vivía para su trabajo o ese otro que que ha ido descubriendo a lo largo de las últimas semanas? ¿Y dónde encaja esta casa semi abandonada con cualquiera de esos dos Mathias? Aunque ha intentado no hacerse una idea de qué era lo que iba a encontrar en esta casa, desde luego no era esto lo que esperaba.
No, algo se le está escapando, seguro, aunque no tiene idea de qué puede ser.
Sujeta la linterna con la boca mientras escoge qué llave es la que abre la puerta. Prueba las dos que no ha usado aún y ninguna le vale; de hecho, ni entran. Murmura algo que suena parecido a «mierda» y un hilillo de saliva le resbala por la comisura de la boca. Se saca la linterna y la seca en el pantalón mientras dice un «joder» que esta vez se entiende perfectamente. No sabe muy bien qué hacer. Seguro que, como en todas las casas, hay por ahí arriba un cajón lleno de llaves, pero no le apetece nada perder ahora el tiempo buscándola, quiere saber de inmediato qué es lo que se esconde ahí detrás. Claro, que podría si no tratar de forzar la puerta; herramientas no le iban a faltar.
Pero no, no puede ponerse a destrozar una casa que no es suya, decide, así que no le va a quedar otra que subir a revolver todos los cajones. Sabe que es absurdo y que lo más probable es que solo se trate de un trastero o algo similar, pero ya no puede parar, necesita alguna respuesta.
Ilumina la cerradura y se agacha para ver de qué marca es y así poder acotar la búsqueda.
Lince. Es una de esas marcas que por alguna estúpida razón se le han quedado grabadas desde que era un niño. Las bombillas Osram y los interruptores Simon o el papel celo de Scotch. Y las llaves Lince, como aquella primera llave de casa que le dio su padre al cumplir los quince en uno de esos raros momentos de confianza que hubo entre ellos. Y ahora ya ves, aquí está él, allanando su casa como un ladrón. Prefiere no seguir pensando en ello, pero sí recuerda que la llave que abría la puerta de arriba, la que da paso a la escalera, era también de esa marca. Prueba por si acaso con ella y sí, la cerradura se abre. Ambas puertas usan la misma llave. Extraño.
Empuja la puerta pero no se abre, parece atascada. Empuja más fuerte, una, dos veces, ahora con el hombro, pero sigue sin ceder ni un milímetro. «Mierda, ¿ahora qué?», murmura. Debe haber algo, algún cerrojo, que él no ha visto. Vuelve a iluminar el marco para ver qué es lo que le impide abrir y entonces se da cuenta. La puerta se abre hacia afuera.
—Pero seré imbécil…
No hay un picaporte, así que tiene que tirar con la llave. Aún así le cuesta un poco abrirla, como si rozase en el suelo, tanto que una vez abierta una rendija tiene que meter los dedos para conseguir abrirla del todo.
Según entra lo primero que ve es un depósito blanco del que salen tres o cuatro tuberías con válvulas de grifo y, junto a él, un calentador pintado de rojo y con varios botones y lo que parecen ser relojes o termómetros en el frontal. Es solo el cuarto de la caldera, de ahí la rejilla en la puerta. Aunque esto debería ser un alivio, no puede evitar sentirse un poco decepcionado.
